El topo. Arqueologías de la encriptación. (Ensayo visual)

El topo. Arqueologías de la encriptación
Ensayo visual

Francisco José Suárez[1].

 

Una lógica de continua sobreproducción distingue a la Sociedad de la Emergencia, en la cual el todo es algo más que sus partes. En la urgencia discursiva, se generan cantidades abundantes de piezas que de por sí no configuran un paisaje, un mapa o un saber; que parecen sobrar. Los fragmentos aislados son reducciones estratégicas que apiladas en el extenso desorden multiplican aún más la confusión. Bajo lo ilusorio del abarrotamiento de información se completa una suerte de inhóspita desnaturalización de la cadena de experiencias o sucesos que conforman un saber. Hay, en dicha paradoja de abundancia y escases, un océano vasto, quizá subterráneo, de cosas que son y no son a la vez, y que podrían estar a la vista, pero eventualmente se ocultan y dejan de ser realidad para las mayorías.

Para Robert Laughlin: gran parte del conocimiento queda fuera del alcance público porque entraña un riesgo contra la seguridad de los Estados[2]. En nuestro tiempo de encriptación, lo inhóspito es más bien lo cercano. Nunca antes se había ocultado con mayor rapidez y eficacia los saberes, advierte el físico norteamericano, quien también reflexiona: el conocimiento es, entonces, análogo a la clave que se necesita para descifrar el mensaje[3].

La criptografía emerge poderosa en el ocaso de las grandes disciplinas científicas y sociales. La escritura oculta se utiliza no solo para restringir el acceso masivo a saberes estratégicos sino también y en mayor medida para impedir el entendimiento de la cosa misma. Una Era de información clasificada y de amnesia colectiva. En un medio que sobreproduce, el lugar natural para el ocultamiento es frente a nuestros propios ojos. Pero, ¿a dónde van a parar, desde un sentido subjetivo y estético, las enormes pilas de datos que acompañan un sentido, lo tapan y lo desnaturalizan? Quiero decir que debe de existir un terreno imaginario, un lugar en el mapa de las ideas, a dónde se abandonan toda esa suerte de instrumentos de confusión y cercenamiento de saberes.

Este sitio quizá sea subterráneo y me da a pensar que se trata de un gran océano, o de varios de ellos, conectados por canales, ríos y pasajes de bajo tierra, que parecen escapar del mismo ingenio creativo de los ávidos criptógrafos que alteran las representaciones lingüísticas. El arte como una disciplina en crisis, también se ve obligada -sus actores- a migrar de estrategias continuamente, hacia aguas más cálidas si el bipolar mercado de mercancías así lo exige, o si estos actores, víctimas del colapso de las ideas completas, se enfrentan en una suerte de duelo a ciegas, en la que las partes intentan devorar su todo.       


[1] A propósito de la muestra: “El topo, arqueologías de la encriptación”. Buenos Aires. 2013.

[2] LAUGHLIN Robert, Crímenes de la razón, el fin de la mentalidad científica. Katz, Madrid, 2010. p10

[3] LAUGHLIN Robert, Crímenes de la razón, el fin de la mentalidad científica. Katz, Madrid, 2010. p40

 

Imágenes de la muestra:

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